Cuando la ilegalidad se convierte en una forma moderna de esclavitud

Hoy quiero hablar de lo que significa ser ilegal.
Ser indocumentada.
Ser mujer negra migrante en un sistema que se beneficia de tu trabajo, pero te niega la existencia.

Hablo de esas mujeres a las que muchos —que se consideran los únicos dueños y amantes de su país— llaman criminales con la boca llena, sin tener ni la menor idea de lo que implica dejarlo todo atrás.

Tu pasado.
Tu familia.
Tu barrio.
Tu hogar.
Tu trabajo.
Tu colegio.
Tu universidad.

Todo aquello que hasta ayer, te era familiar y que, de pronto, desaparece.
Y entonces te conviertes en alguien sin lugar. Sin hogar. Sin certezas. Sin derechos.

Eras una adulta.
Ahora el espejo ya no te devuelve una persona.

Porque alguien, en tu propio país o fuera de él, movido por la codicia, ha decidido que tu vida vale menos. Que tu cuerpo vuelve a ser mercancía. Que tu silencio es rentable.

La historia no empezó hoy.
Antes llegaron barcos. Cadenas. Subastas. Plantaciones. Casas ajenas donde se criaban hijos que no eran los propios mientras los tuyos eran vendidos o enterrados sin nombre.
Hoy no hacen falta cadenas visibles.

Hoy existen los pactos.
Los acuerdos tácitos.
El “déjalas venir, pero sin papeles”.

Así nadie responde.
Así nadie denuncia.
Así nadie existe.

Vivir sin papeles es vivir fuera de la ley y fuera del mundo.
Es volver a la infancia forzada.
No importa lo que sepas, lo que hayas estudiado, lo que valgas. Si no existes legalmente, no puedes exigir nada.

Estamos viviendo un exterminio silencioso.
No televisado.
No registrado.
Perfectamente organizado y funcional.

El sistema sabe cómo callar a una mujer vulnerable.
Y sabe, sobre todo, cómo convertirla en culpable.

Culpable por huir.
Culpable por sobrevivir.
Culpable por trabajar.
Culpable por existir con un cuerpo negro.

Mientras tanto, hay quien —sin haber salido nunca de su zona de confort— repite que “solo vienen a aprovecharse”. Que “hay que proteger el país”.
Cuando en realidad lo que se protege es un privilegio construido sobre siglos de expolio.

Porque esas mujeres y esos niños cuyo sudario es el mar no son una casualidad.
Son consecuencia.
Responsabilidad histórica.
Herencia directa de un sistema que saqueó tierras, cuerpos y futuros.

Nosotras llegamos sin armas.
Sin barcos.
A menudo descalzas.

Y aun así, se nos llama invasoras.

Se nos insulta.
Se nos explota.
Se nos desea en silencio y se nos desprecia en voz alta.

No quieren que tengamos papeles.
Porque los papeles dan voz.
Y una mujer con voz deja de ser rentable.

Hoy la esclavitud no necesita látigos.
Le basta con la ilegalidad.

Y mientras una mujer sea reducida a “indocumentada”, seguirá siendo tratada como un criminal.
Y para muchos, los criminales no merecen derechos.

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