
Tomar la decisión de salir de la zona de confort nunca es fácil. Hay miedo, desconfianza, confusión y, muy escondida bajo todas ellas, también ilusión. Una ilusión que apenas se deja ver entre la incertidumbre y la falta de confianza que hemos ido acumulando durante años.
El miedo termina convirtiéndose en una mordaza que nos imponemos nosotros mismos. Nos agarrota los músculos y nos impide hacer incluso las cosas más pequeñas.
Hace algún tiempo decidí que ya no quería vivir así.
A pesar de una economía maltrecha. A pesar de una edad que no perdona y avanza con la velocidad de un rayo, quemando poco a poco todo lo que fuimos y también parte de lo que esperábamos llegar a ser.
Llega un momento en el que el espejo comienza a mostrarnos a esa desconocida cuya llegada siempre temimos. Sabíamos que aparecería algún día. Que acabaría sentándose frente a nosotras, compartiendo la misma mesa.
Pero antes de enfrentarnos a ella debemos enfrentarnos a nuestros propios miedos.
Y volver a empezar.

Recorrer otra vez ese camino que, por unas razones u otras, dejamos abandonado hace años. Poco a poco nos fuimos haciendo más pequeños. Más cautos. Más miedosos. Hasta que terminamos encerrándonos en una caja y arrojando la llave, aun sabiendo que aquella prisión acabaría destruyéndonos.
Sin embargo, llega un día en el que parece que la diosa Atenea nos presta un poco de su valentía y nos atrevemos, por fin, a desafiar nuestros propios límites.
En mi caso, ese impulso me ha traído hasta Panticosa.

Ahora mismo escribo estas líneas mientras tomo una cerveza con limón frente a una preciosa iglesia. Estoy sentada en la pequeña calle principal del pueblo, donde se concentran las tiendas, los bares y la oficina de turismo. Todo parece sacado de un cuento.
Tengo que reconocer que Panticosa me ha sorprendido.
Cuando el autobús se acercaba tuve la sensación de que me había equivocado de destino. Pensé que quizá aquel viaje no era para mí. Sin embargo, bastó caminar unos minutos para sentir algo diferente.
Aquí se respira tranquilidad.
El hotel donde me alojo tiene ese aire familiar que parece haberse perdido en muchos lugares. El marido atiende la recepción. La mujer charla tranquilamente con unas amigas en la terraza. Los niños corren por el jardín ajenos al paso del tiempo.

Todo me resulta extrañamente nuevo.
La empinada cuesta que lleva hasta el hotel. Las vistas sobre el pueblo. El silencio de las montañas.
Si alguien me hubiera dicho hace unos meses que terminaría pasando unos días en un lugar así, probablemente no lo habría creído.
Y, sin embargo, aquí estoy.
Sentada en una terraza.
Siendo, probablemente, la única mujer negra del pueblo.
Disfrutando de una cerveza con limón.
Bueno… disfrutándola hasta que una avispa decidió meterse
dentro del vaso. Tuve que dejarla.
Supongo que esas cosas pasan.
No iba a permitir que una avispa me estropeara la tarde.
Así que pedí un vaso de agua fría y seguí allí sentada, contemplando la vida como si no hubiera ocurrido absolutamente nada.
A veces me sorprendo pensando en las pequeñas cosas que me suceden y preguntándome por qué parecen pasarme siempre a mí.

¿Por qué una avispa entra precisamente en mi bebida?
¿Por qué una pareja negra se ríe justo cuando estoy consultando el destino de un tren?
Son preguntas que aparecen en mi cabeza casi sin darme cuenta.
Pero quizá la pregunta correcta sea otra.
¿Por qué esas pequeñas cosas me afectan tanto?
¿Por qué tienen el poder de quedarse conmigo durante horas e incluso convertirse en un artículo como este?
Tal vez porque todavía me siento frágil.
Tal vez porque la vida no salió como imaginaba.
Tal vez porque, en algún rincón de mí, sigo creyendo que soy menos de lo que esperaba llegar a ser.
Y quizá, solo quizá, si mi vida hubiera seguido el camino que soñé cuando era joven, esas pequeñas heridas apenas dejarían marca.
O tal vez no.
Porque viajar también sirve para eso.
No solo para descubrir lugares nuevos.
Sino para descubrir qué parte de nosotros sigue necesitando sanar.

Antes de salir de la caja, prepara la maleta
Si llevas demasiado tiempo sintiéndote bloqueada, atrapada en un trabajo, una rutina o una etapa de tu vida que ya no te hace crecer, quizá haya llegado el momento de hacer algo diferente.
No hace falta recorrer miles de kilómetros. A veces basta con unos días en un lugar tranquilo para volver a escucharte, escribir, caminar, descansar y recordar quién eres cuando el ruido desaparece.
Pero cuando llevamos mucho tiempo desanimadas, incluso preparar una maleta puede convertirse en una fuente más de dudas. ¿Y si me olvido de algo? ¿Y si llevo demasiado? ¿Y si no acierto?
Eso mismo me ocurrió antes de viajar a Panticosa.
Por eso he creado este checklist para tu viaje de salida de la caja, inspirado en mi propia experiencia. En él encontrarás todo lo necesario para preparar una maleta práctica para un destino de montaña, sin cargar con el eterno «por si acaso».
Solo tendrás que ir marcando cada prenda y cada objeto mientras preparas tu equipaje.
Así podrás dedicar tu energía a lo realmente importante: dar el primer paso hacia ese viaje que quizá no cambie el mundo… pero sí pueda cambiar la forma en que vuelves a mirarte a ti misma.
Todo lo que realmente necesitas para un viaje de montaña… y para dar el primer paso hacia una nueva versión de ti.




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