
Elegí unas sandalias deportivas pensando que servirían para todo, hasta que llegué a la pasarela y descubrí que la montaña exigía algo más.
Antes de mi escapada a Panticosa, revisé varias páginas especializadas en senderismo y deportes de montaña. Quería elegir bien tanto la ropa como el calzado que llevaría durante el viaje.
Buscaba algo cómodo y versátil: un calzado que me sirviera para caminar por el pueblo, realizar rutas sencillas y, si surgía la oportunidad, subir hasta algún mirador.
Con esas recomendaciones en mente, me dirigí al que ahora considero el templo de este tipo de equipamiento: Decathlon. Después de mirar diferentes modelos, encontré el calzado que me pareció perfecto. Eran unas sandalias deportivas cómodas, con buena sujeción y adecuadas para caminar durante varias horas.
Pensé que había acertado por completo.
Lo que no sabía entonces era que durante el viaje acabaría caminando por una pasarela suspendida sobre el río. Si hubiera conocido ese pequeño detalle, probablemente habría elegido unas zapatillas de senderismo cerradas, con una suela de mejor agarre. Un calzado preparado para casi cualquier aventura de montaña: un auténtico win-win, como dicen los estadounidenses.
La señal que me hizo dudar
Mis sandalias deportivas me habían servido perfectamente hasta ese momento. Todo cambió cuando llegué a la entrada de la pasarela y encontré una señal que indicaba el tipo de calzado recomendado para recorrerla con seguridad.
En la imagen aparecían unas zapatillas de montaña.
No unas sandalias como las mías.
Aun así, no quise marcharme sin intentarlo. Me acerqué a la pequeña oficina situada antes del acceso, donde se compraba la entrada para realizar la ruta. Antes de pagar, decidí preguntar al joven encargado de dar las indicaciones.
—¿Puedo hacer el recorrido con este calzado?
Observó mis sandalias y me explicó que no eran la opción más recomendable. Lo ideal era llevar unas zapatillas cerradas, especialmente diseñadas para caminar por la montaña. Sin embargo, mis sandalias al menos mantenían el pie sujeto, algo muy diferente a intentar entrar con unas simples chancletas, como pretendían hacer algunos visitantes.
Aquella aclaración me tranquilizó.
Podía realizar el recorrido, pero debía avanzar con cuidado.
Caminar con respeto, no con miedo
Comencé a caminar por el sendero recordando sus palabras. En pocas palabras, su consejo había sido: “Puedes pasar, pero presta atención a cada paso”.
Y eso hice.
Cuando llegué a la pasarela, comprendí que la experiencia era mucho más impresionante de lo que había imaginado. La estructura metálica se elevaba sobre el paisaje y, desde aquella altura, podía escuchar perfectamente el ruido del agua imponiéndose al sonido de mis pasos.
De vez en cuando me detenía para contemplar las vistas. También agradecía, divertida, haber elegido unas sandalias que al menos sujetaban bien el pie. Con unas chancletas probablemente no me habrían permitido entrar y, si lo hubieran hecho, habría recorrido todo el camino preocupada por resbalar o por perder una sandalia en el barranco.
Con la emoción de estar viviendo una experiencia completamente nueva, atravesé la pasarela hasta llegar al otro lado.
Después de la pasarela, el mirador
Antes de regresar al pueblo encontré un letrero que indicaba el camino hacia un mirador.
Miré mis sandalias.
Después observé el sendero.
Y decidí volver a intentarlo.
Subí despacio, prestando atención al terreno y sin olvidar que mi calzado tenía ciertas limitaciones. Cuando finalmente llegué arriba y contemplé aquellas vistas, respiré profundamente.
Había merecido la pena.
Después descendí hacia el pueblo con el mismo cuidado con el que había subido. Mis sandalias no eran el calzado más adecuado para aquella actividad, pero habían respondido mejor de lo que esperaba. Me habían servido para caminar por el pueblo, recorrer senderos sencillos, atravesar la pasarela e incluso subir hasta el mirador.
Para ser mi primera escapada a un pueblo de montaña, no había elegido tan mal.
Lo que llevaré en mi próxima escapada
Esta experiencia me enseñó que unas sandalias deportivas pueden resultar muy prácticas para caminar y realizar actividades sencillas durante el verano, pero no sustituyen a unas zapatillas de senderismo cuando el terreno presenta piedras, desniveles, humedad o zonas con riesgo de resbalones.
En mi próxima escapada llevaré ambas opciones: las sandalias para los paseos tranquilos y unas zapatillas cerradas de montaña para las rutas más exigentes o inesperadas.
Si estás preparando un viaje parecido, te recomiendo buscar unas zapatillas de senderismo con suela antideslizante, buena sujeción y puntera cerrada. No hace falta elegir el modelo más técnico del mercado, pero sí uno adecuado para las actividades que quieres realizar.

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La verdadera lección del viaje
Sin embargo, lo más importante de aquella experiencia no fue descubrir qué calzado debía guardar en mi próxima maleta.
Fue comprobar que me había atrevido a hacer sola cosas que nunca pensé que haría.
Atravesé una pasarela elevada, escuché el agua correr bajo mis pies y subí hasta un mirador sin nadie que me empujara a continuar. Lo hice avanzando despacio, respetando mis límites y confiando en mí.
A veces salir de nuestra zona de confort no consiste en hacer algo extraordinario. Consiste simplemente en dar el siguiente paso, incluso cuando todavía no estamos completamente seguras de estar preparadas.




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