
Sonrisas de frente, desprecio a espaldas y prejuicios cotidianos: una reflexión sobre el racismo que se esconde detrás de la amabilidad.
Hola.
Hoy quiero hablar de una hipocresía que muchas mujeres negras conocemos demasiado bien: la de quienes nos sonríen de frente y nos desprecian cuando creen que no podemos escucharlos.
Muchas de nosotras vivimos, trabajamos y estudiamos en entornos mayoritariamente blancos. Y sabemos que no basta con vestir bien, ir bien peinadas, llevar perfume o tener una economía desahogada para librarnos del racismo. A veces, que nos vaya bien parece molestar todavía más.
No hablo en nombre de todas las mujeres negras. Hablo desde lo que he vivido y desde experiencias que otras mujeres han compartido conmigo.
La sonrisa que esconde el desprecio
Cuando alguien expresa abiertamente su racismo, al menos deja claro qué piensa. Eso no hace que su conducta sea menos grave, pero permite saber a qué atenerse.
La hipocresía resulta más difícil de identificar. Se presenta con una sonrisa, una conversación agradable o una aparente cercanía. Hasta que te das la vuelta.
Entonces aparecen los comentarios sobre lo hartos que están de ver a tantas personas negras, los insultos y los chistes sobre tu piel. Después, cuando vuelven a encontrarte, te saludan como si nada hubiera pasado.
También están quienes repiten o amplifican un comentario racista para asegurarse de que te enteres. Aunque tú hayas decidido ignorarlo, insisten en explicarte lo ofensivo que ha sido. Y, en ocasiones, esa insistencia termina colocándote en el papel de la «pobrecita» a la que ellos pueden compadecer.
Una cosa es acompañar a alguien que ha sufrido racismo. Otra es insistir en su humillación sin preguntarle qué necesita.
Lo más desconcertante es ver cómo alguien cambia de actitud en cuanto aparece otra persona blanca. Hace un momento conversaba contigo; ahora te ignora o se permite hacer comentarios desagradables a tu costa para ganarse la complicidad de quien acaba de llegar.
He vivido situaciones en las que una decisión tan sencilla como ir al baño se convierte en motivo de desprecio. Oyes un «¿dónde estará la mosca esa?» y comprendes la intención del comentario. Después, esa misma persona te sonríe, convencida de que no la has escuchado.
Esa facilidad para pasar del insulto a la amabilidad resulta inquietante.
Cuando también les molesta que te vaya bien
Hay personas que parecen aceptar a una mujer negra siempre que puedan sentirse por encima de ella.
Si estás contenta con tu trabajo, si vendes más, si disfrutas de tu vida o si tienes proyectos, su trato cambia. Lo que antes era cordialidad se convierte en frialdad, críticas o comentarios a tus espaldas.
Como si tu bienestar alterara un orden que daban por hecho.
También hay quienes presuponen que una mujer negra está allí para limpiar o para ocupar una posición subordinada. El problema no es el trabajo de limpieza, que merece respeto y condiciones dignas. El problema es que decidan cuál debe ser tu lugar basándose únicamente en tu piel.
Y cuando sonríes o dices que eres feliz, parece que les cuesta aceptarlo. Como si una vida tranquila, plena y normal fuera un privilegio que no te corresponde.
Pero no tenemos por qué ocultar nuestra alegría para acomodar los prejuicios de nadie.
Estos comportamientos tampoco pertenecen a una única nacionalidad. Los he encontrado en personas de distintos orígenes, incluidas algunas que también conocen lo que significa migrar. Haber vivido una discriminación no impide reproducir otra.
Una cena y una pregunta cargada de suposiciones
Hace poco fui a cenar con un grupo de personas. Soy vegetariana y no consumo leche de origen animal. Como las opciones del restaurante no se ajustaban a lo que podía comer, terminé pidiendo únicamente una botella de agua.
Al finalizar la cena, comentamos qué nos había parecido. Expliqué que no había comido porque la oferta del restaurante no se adaptaba a mi alimentación.
Entonces, una de las personas me preguntó:
—¿No has comido porque vienes de otra cultura o de otro país?
Me sorprendió que, antes de preguntarme por mis preferencias alimentarias, hubiera relacionado mi decisión con un supuesto origen extranjero.
Las costumbres alimentarias pueden estar vinculadas a la cultura, la religión, la salud o las decisiones personales. Pero ninguna de esas razones puede deducirse mirando el color de piel de alguien.
Me limité a responder:
—Es que soy vegetariana.
No necesitaba explicar mi procedencia para justificar lo que quería cenar.
Hablar español no tiene un color de piel
Otra frase que he escuchado es:
—Hablas muy bien español.
En determinados contextos, puede ser un elogio sincero a alguien que está aprendiendo el idioma. Pero, cuando se dirige a una persona negra sin saber nada de su historia, puede revelar una suposición: que el español no puede ser su lengua materna.
¿Por qué tendría que resultar extraordinario que una mujer negra hablara español?
El español se habla en España y en numerosos países de América, incluido México, donde se encuentra Baja California. Su presencia tampoco se limita a esos territorios: en Guinea Ecuatorial es una de las lenguas oficiales, junto con el francés y el portugués. cvc.cervantes.es
También tiene una presencia histórica entre la población saharaui, vinculada a la colonización española del Sáhara Occidental, y se conserva en distintos ámbitos, incluidos los campamentos de refugiados de Tinduf, en Argelia. Eso no significa que se hable de manera generalizada en todo el desierto del Sáhara. cvc.cervantes.es
Hay, además, una historia diferente que merece distinguirse: la del judeoespañol o ladino. Las comunidades sefardíes conservaron y desarrollaron esta lengua tras la expulsión decretada por los Reyes Católicos en 1492. Su tradición continúa en comunidades de países como Turquía e Israel. No se trata simplemente del español actual conservado sin cambios durante siglos. cvc.cervantes.es
Compartir una lengua no significa compartir un color de piel. Y la identidad latinoamericana tampoco equivale a una raza: incluye personas negras, indígenas, blancas, mestizas y de otras ascendencias.
Nadie tiene la exclusividad del español por su aspecto o por su lugar de nacimiento.
¿Te resultan familiares algunas de estas situaciones? A veces cuesta reconocer un patrón cuando los comentarios se disfrazan de bromas o se mezclan con gestos de amabilidad.
He preparado el checklist «¿Vives en un entorno racista?» para acompañar esta reflexión. Puedes consultar el recurso si quieres detenerte en lo que estás viviendo y mirarlo con más perspectiva.

22 comportamientos que revelan esa hipocresía
Estos son algunos de los comportamientos que he vivido, observado o escuchado en experiencias compartidas por otras mujeres negras. No todos tienen la misma gravedad, pero comparten algo: la distancia entre la amabilidad que se muestra y el desprecio que se ejerce.
- Sonreírte de frente e insultarte a tus espaldas. Conversar contigo con aparente normalidad y llamarte «negra de mierda» en cuanto creen que no puedes escucharlos.
- Utilizar tu piel como material para sus bromas. Compararte con objetos o animales y refugiarse después en el habitual «era una broma».
- Tratar tu felicidad como algo que no te corresponde. Reaccionar con desprecio cuando estás contenta, como si esperaran encontrarte siempre en una situación peor que la suya.
- Ridiculizar tus gustos. Soltar un «antes muerta que sencilla» con intención de rebajarte porque te gusta vestir bien o elegir cosas de calidad.
- Dar por hecho que eres quien va a limpiar. Asignarte una función sin preguntarte quién eres ni qué trabajo desempeñas.
- Celebrar tu horario delante de ti y llamarte vaga después. Fingir que se alegran por tus condiciones laborales y utilizarlas luego para desacreditarte.
- Comparar tu jornada con la suya ocultando las diferencias de contrato. Acusarte de trabajar menos sin tener en cuenta tus horas contratadas, tus funciones o tus responsabilidades.
- Convertirte en el blanco de sus bromas para entretener al grupo. Buscar la complicidad de los demás a costa de tu dignidad.
- Repetirte un comentario racista hasta conseguir que te duela. Insistir en una ofensa que has decidido no atender y colocarte después en el papel de alguien a quien deben compadecer.
- Darte lecciones sobre racismo mientras reproducen los mismos prejuicios. Hablarte con superioridad sobre una realidad que conoces y negarse a revisar su propia conducta.
- Disfrazar de interés un interrogatorio sobre tu vida. Querer saberlo todo de ti para encontrar algo que puedan criticar, utilizar en tu contra o convertir en motivo de burla.
- Cambiar de actitud cuando aparece otra persona blanca. Pasar de la cercanía a ignorarte o menospreciarte para conseguir su aprobación.
- Exigir que te rías de lo que te humilla. Llamarte exagerada o decir que no tienes sentido del humor cuando pones un límite.
- Decirte que tú «no eres como los otros». Presentarlo como un elogio, aunque dependa de despreciar a otras personas negras.
- Evitar el contacto contigo mientras aseguran que no tienen prejuicios. Por ejemplo, dejarte el dinero sobre la cinta de la caja cuando lo entregan en la mano a otras personas. Un gesto aislado puede tener distintas explicaciones; el trato desigual repetido es lo que permite reconocer un patrón.
- Darte la mano y limpiársela inmediatamente después. Hacer un gesto de rechazo que te trata como si tu contacto los hubiera ensuciado.
- Ofrecerte un servicio peor por el mismo precio. Servirte comida de peor calidad o atenderte con menos cuidado que a otra persona que ha pedido y pagado lo mismo.
- Mostrar menos respeto por tu seguridad. Ceder el paso a otras personas y acelerar cuando eres tú quien intenta cruzar por el paso de peatones.
- Ignorarte en una cola y fingir que no te habían visto. Intentar pasar por delante y esperar que no protestes.
- Aceptar tu dinero, pero cuestionar tu derecho a elegir. Molestarse porque revisas la fruta o rechazas un producto en mal estado, como si debieras conformarte con cualquier cosa.
- Tratarte como una experiencia exótica en una relación. Decir «nunca he salido con una negra» como si fueras algo que quieren probar, en lugar de una persona a la que desean conocer.
- Intentar cobrarte de más porque presuponen que no reclamarás. Aprovechar una supuesta condición de extranjera o tu desconocimiento de un lugar para aplicar un cobro injustificado, por ejemplo, en un taxi.
Su hipocresía no decide mi valor
Podría seguir enumerando situaciones, pero la lista sería demasiado larga. Y muchas lectoras podrían añadir las suyas.
No voy a decir que todo esto me da igual. Algunas experiencias duelen, otras cansan y algunas pueden ponernos en peligro. Lo que sí tengo claro es que no quiero concederles el poder de decidir cuánto valgo ni cómo debo vivir.
No tengo que estar peor para que alguien se sienta mejor. No tengo que esconder mi alegría, rebajar mis expectativas o agradecer un trato que debería ser normal.
Tampoco tengo que reírme de una humillación para demostrar que soy agradable.
Tengo derecho a vivir, trabajar, estudiar y disfrutar de mi vida sin que mi piel se convierta en una excusa para tratarme peor.
Reconocer lo que ocurre puede abrir otra pregunta: ¿cómo quiero responder?
No siempre encontramos las palabras en el momento, y eso no nos hace responsables del trato recibido. Si quieres seguir profundizando en este tema, puedes consultar mi PDF sobre cómo reaccionar ante la violencia racista. Un recurso para acompañarte en una reflexión que no tienes por qué afrontar sola.





Deja un comentario