Una reflexión sobre la fugacidad del tiempo y la importancia de detenernos para vivir plenamente cada instante.

En realidad, este post tenía que haberte llegado sobre las seis de la mañana. Pero, como ves, llega un poco más tarde.

No es que me olvidara de escribirlo. La verdad es que necesitaba rememorar lo sucedido, saborear aquel instante y revivir todas las emociones.

Quería regresar por unos minutos al momento que viví en el parque Delicias, un lugar que elegí a última hora porque no me encontraba bien para ir a Juslibol, donde había quedado con otras personas.

Sin embargo, como me sucede a menudo, los cambios de planes y las alternativas obligadas ya no me asustan. Desde hace algún tiempo, cuando me hago una promesa o decido hacer algo, lo hago, aunque finalmente tenga que ser de una manera diferente a la que había imaginado.

Y allí estaba yo: de pie, en las escaleras de la parte alta de un parque en el que probablemente muy pocas personas habrían pensado que se podía vivir algo tan especial.

Antes de escribir este post, necesitaba volver allí con la memoria. Recordar el olor del aire, el bullicio de las pocas personas que nos encontrábamos en aquel lugar, sus risas, los estallidos de alegría y sorpresa y, sobre todo, la emoción reflejada en sus miradas.

Y, cómo no, la exaltación que sentimos cuando llegó el momento culminante.

La Luna cubrió por completo el Sol y el anillo de diamante pareció liberarse de la cárcel que aquella había construido a su alrededor. Ante nosotros apareció un círculo perfecto de fuego, con una intensidad y un brillo que solo un diamante puro podría ofrecer a los mortales.

Lo contemplamos con admiración e incredulidad, con la boca abierta ante un fenómeno que únicamente la madre naturaleza puede regalarnos.

Después, el eclipse terminó.

Algunas personas regresaron a sus casas, como hice yo. Otras permanecieron allí, disfrutando y saboreando un poco más aquel instante compartido con amigos o familiares.

Mientras caminaba de vuelta, pensé en lo mucho que aquel fenómeno extraordinario se parecía al presente.

El presente también parece algo visto y no visto. Aparece y desaparece en cuestión de segundos. Es tan fugaz que muchas veces no conseguimos apreciarlo y mucho menos saborearlo.

Con demasiada frecuencia llenamos nuestros días de problemas reales, problemas inventados o dramas que otras personas traen hasta nuestra vida simplemente porque todavía no hemos aprendido a decir:

«Ahora mismo no caben más dramas en mi vida. Déjame solucionar primero los míos y, después, si todavía me queda algo de energía, intentaré ayudarte con los tuyos».

Trabajamos más horas de las necesarias y regalamos nuestro tiempo porque no hemos aprendido a decir que no o porque queremos quedar bien con todo el mundo. Sin embargo, no somos capaces de reservar unos minutos para pensar en nuestra propia vida y en lo que significan esos instantes que vivimos siempre con tanta prisa.

Nos negamos la posibilidad de saborear un tiempo que, mientras estamos ocupados en otras cosas, se nos escapa.

Pero creo que, si contempláramos el presente como contemplamos un eclipse —como algo extraordinario, irrepetible y efímero—, le prestaríamos mucha más atención. Nos quedaríamos embelesados ante él, igual que hicimos todos el pasado 12 de agosto.

Por suerte, ayer tuvimos ese instante.

Durante unos minutos nos detuvimos y miramos hacia arriba. Sin prisas, sin regalar nuestro tiempo y sin pensar en lo que vendría después.

Ayer nos permitimos estar completamente presentes.

Solo vivimos un baile lento, breve y emocionante, con la Luna y el Sol como maestros de danza.

Quizá esa sea la verdadera enseñanza que nos dejó el eclipse: el presente también es un acontecimiento extraordinario.

La diferencia es que sucede todos los días.

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