Cuando vengan a por ti, ¿a quién culparás por haber guardado silencio?

El odio nunca se detiene en los demás: reconocer la violencia racista también es una forma de protegernos.

Sé de muchas personas que ahora hacen el saludo fascista, se ríen mientras otros son golpeados, insultados o humillados y se tranquilizan diciéndose:

—Yo no soy como ellos. A mí me consideran uno de los suyos. Estudié con ellos, trabajo con ellos e incluso me casé con uno de ellos.

También sé de quienes llevaban tiempo esperando que sucediera algo como lo ocurrido en Torre Pacheco o en Ceuta. Necesitaban una excusa que les permitiera expresar libremente un odio que ya existía.

Sé de quienes contemplan el sufrimiento ajeno como si fuera un espectáculo y graban una agresión racista en lugar de intervenir o pedir ayuda. Y sé de quienes siempre quisieron dar rienda suelta a su violencia y ahora, protegidos por un uniforme, una multitud o un rostro cubierto, muestran sin pudor el odio y la frustración que llevan años acumulando.

Un odio que no nació ayer. Fue alimentado desde la infancia, primero con biberón y después con cuchara.

También están quienes, a pesar de tener la piel oscura, se esfuerzan por demostrar que son diferentes de las personas racializadas a las que se persigue. Piensan que, si se distancian lo suficiente de ellas, el grupo dominante terminará aceptándolos como iguales.

Pero quienes alimentan el odio conocen muy bien esta estrategia: captar a sus seguidores desde la cuna o enseñarles a despreciar a quienes se parecen a ellos, haciéndoles creer que son especiales y que siempre estarán protegidos por pertenecer al grupo.

Supongamos que finalmente estalla esa supuesta «guerra de razas» que algunos llevan tanto tiempo anunciando y deseando. ¿Quiénes saldrían beneficiados?

Probablemente, los mismos de siempre.

A lo largo de la historia, las campañas de odio han permitido que unos pocos acumulen poder y riqueza mientras el resto se enfrentaba entre sí. Hubo empresas que se enriquecieron durante el nazismo utilizando mano de obra forzada. Cuando se abolió la esclavitud, se indemnizó a propietarios de personas esclavizadas por la pérdida de aquello que consideraban una propiedad, mientras quienes habían sufrido la esclavitud no recibieron reparación. En tiempos más recientes, otros empresarios han construido sus fortunas pagando salarios miserables a trabajadores migrantes.

Sin embargo, cuando esos mismos trabajadores son expulsados, quienes creían que nunca sufrirían las consecuencias descubren que tampoco estaban protegidos. Se sienten engañados porque pensaban que, por apoyar la persecución de otros, serían tratados como una excepción.

El odio tiene esa capacidad: no permite ver más allá del enemigo que ha fabricado. Te hace creer que todo irá bien mientras el perseguido sea otro. Te convence de que tu piel, tu nacionalidad, tu posición social o tu dinero te protegerán para siempre.

Pero ¿qué sucede cuando faltan trabajadores para recoger las cosechas, cuidar a las personas mayores, conducir camiones, atender los comercios, mantener las carreteras o sostener las fábricas?

¿Qué ocurre cuando la fruta se pudre en el campo, una empresa debe detener su producción, desaparecen algunos servicios cotidianos o una familia ya no encuentra a nadie que cuide de sus hijos o de sus mayores?

Quizá entonces algunas personas empiecen a comprender que aquellos a quienes despreciaban también sostenían la sociedad de la que todos formamos parte.

Y esto no sería más que una pequeña muestra de las consecuencias de convertir el odio en política.

Por eso te pregunto: ¿qué harás cuando tú te conviertas en el blanco? ¿Cuando no puedas caminar por la calle sin que te insulten, te escupan o te agredan? ¿Cuando descubras que quienes prometieron protegerte necesitan encontrar un nuevo enemigo y deciden que ese enemigo eres tú?

En toda guerra mueren soldados y, cuando no quedan suficientes, los gobiernos llaman a filas a los hijos de quienes antes celebraban el conflicto desde la distancia.

¿Qué harás cuando llamen al tuyo?

El odio tiene esas cosas. Tal vez consigas conservar durante un tiempo tu comodidad, tu casa o tu dinero. Pero ninguna de esas cosas garantiza que siempre permanezcas en el lado de quienes señalan.

Porque cuando una sociedad acepta que algunas vidas valen menos que otras, nadie puede estar completamente seguro de que un día no pronuncien también su nombre.

Una lectura para pasar de la indiferencia a la acción

No basta con pensar que el racismo es un problema de otros ni con guardar silencio mientras alguien es perseguido. En Cómo ser antirracista, Ibram X. Kendi analiza cómo se construye el racismo y nos invita a reconocer qué podemos hacer para no seguir alimentándolo, incluso de manera inconsciente.

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Si quieres profundizar en las ideas planteadas en este artículo, esta lectura puede ser un buen punto de partida.

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