Cuando no tengas control sobre algo entrégaselo a la vida.

Hola. Hoy voy a hablar de algo tan común como es la enfermedad.

¿Quién no ha estado enfermo alguna vez? Me dirás que habrá alguna persona a la que la diosa fortuna haya favorecido con una salud de hierro. Pero, en general, una de las plagas que más dolores de cabeza nos da es la enfermedad, sobre todo porque es casi imprevisible.

Y la razón por la que digo esto es porque he conocido a personas que llevaban una vida sanísima. De esas que no fuman, no beben, no salen de noche, duermen sus ocho horas, miran lo que comen con lupa y hacen deporte. Y, sin embargo, les ha llegado una enfermedad de forma imprevista, sin una razón aparente. Pero no vengo a hablar de la enfermedad en sí, sino de lo que esta es capaz de hacer con tus planes, proyectos o sueños.

En mi caso, no solo hizo que me perdiera un evento de mi empresa que me hacía mucha ilusión. También me fastidió el cumpleaños. Y ahora te cuento cómo se fueron todos mis planes al traste.

No soy una persona que celebre mucho sus cumpleaños. Puedo contar con los dedos de una mano los que he celebrado desde que pasé los 35; muy pocos. Pero este último estaba dispuesta a celebrarlo por todo lo alto. La fecha era perfecta: por primera vez se daban una serie de acontecimientos que hacían que tuviera cuatro días seguidos para disfrutar de él.

Como no podía irme a Egipto —un viaje que llevo planeando desde hace mucho, pero que descarté porque me parecía demasiado dinero para tan poco tiempo, ya que espero exprimir cada céntimo visitando todo lo que pueda, disfrutando de su rica historia hasta sentirme vecina de la mismísima Cleopatra, haber vivido la construcción de las pirámides en primera persona y haber acampado a orillas del Nilo—, me conformaba con hacer un viaje más modesto a una zona de vinos llamada Olite.

Pero, como te estoy contando, la enfermedad se presentó con su cara más desagradable: fiebre, vómitos y una tos que no me dejaba comer ni dormir. Esto último lo he hecho tan poco que mis ojos tienen el aspecto ojeroso de un estudiante la mañana del examen de selectividad. Sí, ahora mismo mis ojos son el reflejo de que Morfeo ha estado de fiesta en las Bahamas en lugar de hacer su trabajo, que es procurar que yo tenga un sueño reparador.

Así que, en lugar de tener unos días de descanso y celebración, me he pasado esos días de fiesta y mi malogrado cumpleaños empastillada y agarrada a un inhalador como si fuera la pajita de un cóctel tropical con superpoderes. Primero, agarro el aparato como si fuera una coctelera en sábado por la noche; luego, lo agito con energía como si me fuera la vida en ello. Porque sé que si no suena el «shake-shake», al ritmo de una maraca musical, el superpoder no se activa y esa tos persistente e insoportable —que ha dado al traste con mis preciosos planes de disfrutar de unos días de vacaciones sin presión— no cesará.

Ante tal circunstancia, lo único que tenía ganas de hacer era llorar y gritar al mundo lo injusta que es la vida conmigo. Pero no tenía ni fuerzas para ello. Estaba demasiado cansada. La fiebre no me daba tregua, los riñones parecían haberse rebelado y decidido ponerse en huelga, y mis pulmones parecían estar guardando el aire para una crisis medioambiental. Quién sabe, tal vez pronto se comercie con el aire y haya que pagar sumas astronómicas por él, así que, por si acaso, estaban reservando su energía para tal ocasión. ¿Andar con falta de aire? No, lo mío era ahorro previsor.

¿Y qué decir de mis oídos? Tenía la sensación de que Louis Armstrong había decidido ponerse a practicar la trompeta sentado dentro de ellos. Del resto de mi cuerpo mejor ni hablar; me dolía como si un boxeador profesional me hubiera dado una paliza en un ring imaginario. Para colmo, la caminata de ida y vuelta al médico se me hizo tan cuesta arriba que pensé que llevaba a una persona sentada sobre mis hombros, igual que en esas películas de terror japonesas. Y así llevo varios días.

No es que ya me encuentre perfectamente mientras te cuento esto, pero he decidido que, en lugar de estar enfadada y molesta por todo lo que le está pasando a mi cuerpo y por los planes que se han echado a perder, voy a entregárselo todo a la vida.

Puede que no parezca una solución muy realista a primera vista, pero en serio te digo que es la mejor salida que he encontrado. Porque si tengo que ponerme a pensar en por qué una persona que no bebe, no fuma, no sale de noche y no lleva una «vida disoluta» (como dirían los antiguos) tiene el cuerpo como alguien que ha estado de fiesta durante una semana a base de whiskies, sustancias varias y que, para el broche final, se ha metido en una pelea de pandilleros… acabaría deprimida y enfadada.

Y como no quiero ser una amargada resentida con el mundo, prefiero entregar todo lo que me está sucediendo a la vida. Pero no solo esto que te he contado, sino todo aquello que venga de imprevisto y que yo no pueda controlar. Porque, al final, solo la vida sabe cómo hacer y deshacer lo que ella misma crea.

Cuando te encuentras mal y tus planes se vienen abajo, hasta las pequeñas cosas pueden hacerse cuesta arriba. Si estás pasando por un momento así, he preparado «Qué hacer cuando todo se desborda», una guía para ayudarte a poner un poco de orden y decidir por dónde empezar, sin exigirte ni resolverlo todo de golpe.

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