Identidad, pertenencia y racismo cotidiano: una reflexión acompañada del libro Ser mujer negra en España, de Desirée Bela-Lobedde.

Hay experiencias que cuesta explicar. No porque te falten palabras, sino porque sabes que, en cuanto empieces a hablar, alguien intentará discutir lo que has vivido.

«No sería para tanto».

«Seguro que no lo dijo con esa intención».

«Yo creo que te lo has tomado demasiado en serio».

Y así, una conversación sobre lo que te ha ocurrido termina convirtiéndose en un examen sobre tu capacidad para interpretar tu propia vida.

En el post del martes hablé de la hipocresía racista: de quienes te sonríen de frente y te desprecian a tus espaldas; de quienes dicen no tener prejuicios, pero esperan que ocupes un lugar inferior al suyo.

Hoy quiero detenerme en lo que sucede después. Cuando llegas a casa, recuerdas una frase y te preguntas por qué, además de soportarla, has tenido que justificar que te molestara.

El cansancio de tener que explicarlo todo

A veces, lo que más agota no es un comentario aislado. Es la acumulación.

La sorpresa porque hablas español. La pregunta sobre tu procedencia después de haber dicho dónde naciste o dónde vives. La broma sobre tu piel que debes aceptar para no parecer desagradable. La sospecha de que estás exagerando cuando señalas un trato desigual.

Cada situación puede parecer pequeña a quien la contempla desde fuera. Pero tú no la vives de forma aislada: se suma a otras que ya conoces.

Y llega un momento en que te cansas de explicar.

Quieres trabajar, hacer tus compras, salir a cenar o conocer a alguien sin convertir cada encuentro en una clase sobre racismo. Quieres tener un mal día sin representar a todas las mujeres negras. Y un buen día sin que tu alegría provoque comentarios incómodos.

Quieres vivir con la misma libertad con la que otras personas dan por hecho que pueden hacerlo.

Ser negra no significa ser de fuera

Una de las ideas que atraviesan estas experiencias es la insistencia en considerarnos ajenas.

Como si la piel pudiera determinar de dónde eres, qué idioma hablas o cuánto derecho tienes a sentirte parte de un lugar.

Una mujer negra puede haber nacido en España o haber llegado después. Puede tener el español como lengua materna o haberlo aprendido. Ninguna de esas circunstancias justifica que reciba un trato inferior.

Pero los prejuicios rara vez esperan a conocer nuestra historia. Primero nos asignan una; después nos piden explicaciones cuando no encajamos en ella.

A mí me interesa recuperar ese espacio: el de poder contar quién soy sin que otra persona haya decidido de antemano lo que debería ser.

Una lectura para continuar esta conversación

Por eso, para acompañar esta reflexión, quiero proponerte Ser mujer negra en España, de Desirée Bela-Lobedde.

En este libro, la autora recorre experiencias de su infancia y su vida adulta para contar qué significa crecer y vivir como mujer negra en España. Su relato aborda la identidad, la sensación de ser considerada diferente y el racismo presente en la vida cotidiana.

Lo traigo a este espacio porque conecta con las preguntas que hemos abierto esta semana: ¿qué ocurre cuando los demás te ven como extranjera sin conocer tu historia? ¿Cuánto desgasta tener que explicar una y otra vez los prejuicios que recibes? ¿Qué lugar dejan esas experiencias en la manera de mirarte a ti misma?

Es una propuesta de lectura para seguir explorando el tema desde la voz de otra mujer negra, con una trayectoria y unas vivencias propias.

Porque nuestras historias no son idénticas. Pero escucharlas permite reconocer situaciones, descubrir diferencias y ampliar una conversación que demasiadas veces se intenta cerrar con un «eso ya no pasa».

No tienes que convertir tu dolor en una explicación permanente

Leer las experiencias de otra mujer puede ayudarte a poner palabras a las tuyas. A veces, esa lectura también abre una pregunta: ¿estoy viviendo algo parecido en mi entorno?

Si quieres detenerte en esa reflexión, he preparado el checklist «¿Vives en un entorno racista?». Un recurso para observar situaciones que quizá has normalizado o que otras personas han minimizado. Puedes consultarlo a continuación.

Compartir experiencias puede ayudarnos a sentirnos acompañadas. También puede dar palabras a algo que llevábamos tiempo intentando expresar.

Pero contar lo vivido debe ser una elección.

No tienes que responder a todas las preguntas, corregir cada prejuicio ni convencer a cada persona que pone en duda tu experiencia. Puedes decidir cuándo hablar, con quién y hasta dónde quieres llegar.

También puedes poner un límite y continuar con tu día.

Yo quiero dedicar mi energía a escribir, trabajar, disfrutar de mis proyectos y construir una vida que me guste. Hablar del racismo forma parte de mi voz, pero no quiero que ocupe todo el espacio de mi vida.

Hay alegría, ambición, curiosidad y futuro más allá de lo que otras personas proyectan sobre nosotras.

Nuestra vida merece espacio para todo eso.

¿Hay algún libro que te haya ayudado a poner palabras a una experiencia que te costaba explicar? Puedes compartirlo en los comentarios.

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