Cuando crees que nunca pronunciarán tu nombre

Una mañana me levanté, encendí la televisión y contemplé las imágenes de hombres y mujeres gritando, enloquecidos, con el brazo levantado, como si fuera el mismísimo Hitler quien estuviera atravesando las calles de Madrid en su tristemente célebre automóvil.

Lo primero que pensé fue: «Esta es nuestra Noche de los Cristales Rotos».

La segunda imagen que apareció en mi mente fue la de Lucrecia Pérez, asesinada a tiros por racistas. La tercera fue la de Semira Adamu, una joven nigeriana que murió asfixiada cuando intentaban deportarla desde Bélgica.

Sí, la historia tiene la desagradable costumbre de repetirse. Y se repite porque siempre existen personas que disfrutan alimentando el odio. Pero, sobre todo, porque algunas han descubierto que pueden ganar dinero con él.

Eso es lo que más interesa a los sembradores de odio.

Algunos ya hicieron fortuna en otros tiempos gracias a la explotación. Ahora aseguran que su riqueza y sus privilegios están disminuyendo por culpa de quienes llegan de fuera, porque hoy deben pagarles un salario por trabajar. Antes les bastaba con llenar un barco, traer a seres humanos encadenados y disfrutar de la prosperidad que aquellas personas esclavizadas les proporcionaban.

Sin embargo, no están demasiado preocupados. Nunca perdieron la esperanza de reconstruir un mundo en el que todo vuelva a ser como antaño.

Mientras tanto, prepararon a sus hijos para continuar sembrando el odio:

—Hijo, esos no son personas, sino animales. No deberían tener ningún derecho, ni en sus países ni aquí. Todo lo que poseen, incluso sus vidas, nos perteneció y nos pertenecerá siempre. Las cosas no pueden cambiar.

Así, sentaron a sus retoños a la mesa y los alimentaron con odio. Les enseñaron a repartirlo y a ganar dinero con él, sin importarles quién tuviera que pagar las consecuencias.

Si el problema estuviera únicamente en ellos, resultaría más fácil de comprender. Sin embargo, lo más aterrador son quienes esperan sentados en la antesala del odio. Personas cuyos nombres, probablemente, también serán pronunciados tarde o temprano para conducirlas hacia algún campo de concentración, pero que todavía no se dan por aludidas.

Creen que, por tener la piel mestiza, no parecen suficientemente negras. Que, por llevar el cabello liso, no parecen indígenas. Que, por poseer dinero o disfrutar de una posición social elevada, nadie las verá como extranjeras.

Piensan que se han ganado el derecho a formar parte de quienes dirigen la sala y deciden qué nombres deben pronunciarse. Los nombres de quienes serán discriminados, maltratados, expulsados o juzgados por el color de su piel o por su origen.

Hay personas convencidas de que sus privilegios las protegerán. Pero puedo asegurarte algo: no importa lo cerca que te sientes del padre del odio. Si llega el momento de crucificarte, lo harán. Si deciden conducirte a un campo de concentración, también lo harán.

Porque una de las características más terribles del odio es que nunca se sacia. Siempre aparece alguien a quien odiar más. Siempre existe alguien que desea acumular más poder, más dinero o más privilegios.

Y cuando uno de los que considerabas de los tuyos codicie a tu hija, a tu mujer, tu casa, tu negocio o incluso tu vida, no dudará en sentarte en esa misma antesala. Entonces pronunciará tu nombre y pasarás a formar parte de las personas odiadas y discriminadas.

Cuando vengan a por ti, no esperes que te ayuden los amigos con quienes cultivaste el odio hacia los demás. En ese momento, ante sus ojos, tú también serás un animal sin derechos.

Es posible que alguien como tú lea este artículo y no se dé por aludido. Sin embargo, siempre habrá alguien que lo entienda. Alguien que comprenda que debe abandonar el bando del odio para impedir que exista una antesala en la que cualquier ser humano tenga que esperar su turno para ser destruido.

Las puertas de esa sala, antes entornadas, se han abierto de nuevo de par en par.

En realidad, nunca estuvieron completamente cerradas. Siempre permitieron que parte de la podredumbre malsana de sus pensamientos discriminatorios se filtrara poco a poco. Pero ahora las puertas están completamente abiertas y el odio vuelve a campar a sus anchas.

No ha desperdiciado la oportunidad de extender su enfermedad y contaminar a quienes ya habían sido preparados mentalmente para aceptar sus creencias. Y, aunque parezcan pocos, son muchos. Tantos que ya no tienen que esconderse detrás de la puerta ni esperar su turno para atravesarla. Ahora pueden hacerlo libremente.

Cada vez quedan menos personas dispuestas a mantener esas puertas cerradas. Y algunas de las que todavía lo intentan parecen no tener la fuerza ni la convicción necesarias.

Aun así, no pierdo la esperanza de que la antesala del odio vuelva a cerrarse con candado. Espero que llegue a tener tantos guardianes y protectores que a los sembradores de odio les cueste mucho más abrirla de lo que les ha costado esta vez.

Pero también soy una persona realista.

Por eso os digo que debemos estar preparados. Preparados para impedir que llegue el gran día del odio y también para afrontar lo que pueda suceder si, alguna vez, pronuncian nuestro nombre mientras esperamos sentados en su antesala.

Reconocer el odio también significa saber cómo protegerte

La violencia racista no siempre empieza con una agresión directa. Puede aparecer en forma de comentarios, amenazas, humillaciones, discriminación o comportamientos que intentamos normalizar hasta que la situación se vuelve insostenible.

Por eso he creado Cómo reaccionar ante la violencia racista, una guía práctica con herramientas para reconocer estas situaciones, responder con mayor seguridad y saber qué pasos puedes dar para protegerte.

No podemos controlar el odio de otras personas, pero sí podemos aprender a identificarlo, no minimizarlo y actuar sin quedarnos completamente paralizadas.

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